domingo, 4 de enero de 2015

Tumba

Ya nunca volverán los días del estío,
solo el invierno blanco y azul queda;
Y en la faz del monte brilla cristalino metálico,
el hielo ardiente que serpea cual camino.

Si las lisonjas fuesen clavos de hierro;
si el madero al crujir clamara la paz;
si en serenidad insensible pudiese vivir,
si la luz segara al fin el terrible brazo de mi sino.

No habría una huella mas bajo mi paso,
ni el sonido tintineante de las campanas,
solo el silbido fugaz del viento sobre la tierra,
y la sombra eterna del polvo frente a mi puerta.

Rafael Prado

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