domingo, 28 de diciembre de 2014

Almíbar

Tu carne blanca de tibio remanso,
 humedad de rayo de luna y mucilago pastoso
de sabor salado; sin rescoldos ni velos,
 anhelo de tus entrañas de paz.
Ser al tacto de tus profundidades,
y la rubia cabellera, que en tormenta
se alborota y desorienta,
y gime y muere en azucarado pudor.
Muerte en cáliz de sal y marismas,
y el olor de la playa de carnes tibias,
quien te pudiera tocar, canta el viento,
sin espacio a la respiración y el sudor.
Dentro de ti, con el olvido y la inocencia,
muriendo de vida, y agonía efímera,
caricias hipócritas, piel de luna,
y una lengua lasciva que olvida un segundo.
Lluvia de quimeras pasadas
en esta vida o en la otra,
y las lenguas que penetran,
las lánguidas delicias de morir.
Nívea voluntad que fenece,
sin vida y sin relicarios.
Prohibida faz nueva, placer de muerte,
y el anillo de felicidad e inocencia.
Un segundo, ópalo derramado en tu piel,
y sin sentido morir, nacer, nada importa,
sin sonido ni calor, ni almíbar ni paz,
el olvido queda, ya no hay nada más

Rafael Prado

Muerte

Con voz de alcohol, y vino en los labios,
canto la canción del amor perdido,
y no hay desnudos ni mujer ni dios,
solo la mueca terca del que no sonrió.

Las notas viejas que consumen el brío,
de un señor que siempre supo mentir,
y se cansó del sonido del pasado estío,
y no quedo a su corazón nada mas que latir.

El camino de tierra y cal se esfuma,
y en la mente solo la calma fugaz de la muerte,
no hay silencio lascivos en la cama,
ni nada mas allá de la ley del fuerte.

Morir lentamente, como el cigarrillo,
que se enciende, y fallece en labios de sal,
y mi historia contada desde un pestillo,
y sobre la seda, en la fosa, solo la cal.

Muere el vagabundo, por amor vencido,
como el vino muere en la boca del mar,
solo con el cansancio del camino recorrido,
y el corazón en vela, en busca de la paz.

El rancio olor de ajenjos y de amor,
la nostalgia mustia de la canción que duerme,
y solo queda el ocaso de un sueño,
que sin la sutil mañana, solo muere.


Rafael Prado

domingo, 7 de diciembre de 2014

Tears

Illness, darkness, death,
broken heart, suffering, salt,
unspoken words, tears,
loneliness, just loneliness.
As a which in the silent of the night,
I claim your name, your heart.
As a blind man searching for his path,
I cried your name, in my lost mind.
There’s no more air in my lungs,
just the spirits of past and the smoke,
forgotten words flood my mind,
and the murk blind my past.
The sweetness of your smell,
running in my memories,
and the tears of the sorrow,
taking out my live.
There’s no more ways,
there’s no more love,
the angels are falling,
as leaves in the autumn.

The salty water,
became a sad land,
just my eyes now,
are full of salt.

Rafael Prado

Amatista


Ilusiones de amatista, sudor, piel,
montículos firmes, hiel y saliva,
ardiente espuma, blanca y salada,
neblina de vaho, gemidos de miel.
Los pormenores del sexo se desvanecen,
entre rubios y suaves lazos de humedad,
marismas de mucilago, alcanfor y sal,
carne que quema, que mata y muere.

Rincones cálidos y abiertos,
quimeras desgarradas,
movimiento, caricias veladas,
placer y sudor en los labios.
Y mientras la carne matiza el violáceo,
y mientras viertes fuentes lejanas
de quimeras y agua salada,
caes y duermes saboreando tu apetito.

Rafael Prado

Aire

Manos que juegan y se entrelazan,
pieles húmedas, lazos vagos;
las notas y matices se disipan desde tu cuerpo
y van a caer en el letargo de mi respiración.
Te toco, te inhalo, te beso…
...tu piel posee el intoxicante perfume de mis desvelos,
tu piel salada, tibia, trémula, abierta.

Deambulo con las yemas por los senderos de tu cintura,
siento en mis entrañas el lascivo deseo de prolongar los segundos.

Olor que ahora lo es todo, aspiración frenética, a dos milímetros de tu piel.
Aroma a alcohol y a mujer que desde tu cuerpo nace.
Hechizándome, conmoviéndome, inmolándome,
incitándome a desearte, a permanecer en tu ser,
a caminar una a una las veredas que en tu cuerpo
de alabastro y granito han sido dibujadas.

Te observo con los parpados cerrados, te toco con las mejillas y los labios,
lentamente me desvanezco, me convierto en el humo efímero que llena tus pulmones.
Te penetro, me penetras, somos aire que se esparce por la habitación
y es respirado por el uno y el otro.
Y así voy cayendo, feneciendo ante el letargo dulce y perfecto de tu aliento que quema, que sofoca mi respiración.

El letargo inunda mi mente, el letargo…el letargo…solo el letargo,
la hipnosis de tu humedad, de tu lengua, de tu tacto.
Ya no soy yo quien soy, ni tu eres quien eras antes…
...la metamorfosis de tu esencia te transporta,
te muta en un ser inmaterial que ha de habitar en mi carne, en mi sangre, en mis sentidos.

La mañana se aviene, y yo despierto en mi lecho…solo.
Has sido tú la compañía de unas horas, y de mi noche la esencia toda…
mi piel aun huele a ti, y me alegro…y pienso…
“Tal vez mañana te pueda respirar…una vez mas”

Rafael Prado


domingo, 23 de noviembre de 2014

El loco de la vía

El loco de la vía, vivía en la vía.
Por donde corría con monotonía, el tren;
a horario, con atraso, pero todos los días.
Tenía una casa barata, chata, además, de lata,
techo que había hecho con esos desechos
que se encuentran a gatas
en la precaria orilla ferroviaria.
Tenía un perro puntiagudo,
con alma de felpudo,
que siempre estaba echado,
como entredormido,
parecía cansado con un solo ladrido.
Con un grillo minúsculo atornillaba crepúsculos;
y en el barro violeta de la quieta cuneta,
una luna roja de sangre se le antoja la luz de la barrera.
El loco de la vía, abría a las mañanas una ventana nueva
con cortinas finas de estrellas vespertinas;
y en el humo alargado de su fuego gastado,
se elevaba y ondeaba una blanca bandera,
mas alta, mas grata que la del guardabarreras.
Tenia una mirada, suburbana,
entre verde y cansada.
Y aunque veía, parecía que ya no miraba,
 que no le importaba todo lo que había.
Una voz de vino, amarga, que a muchos les dolía,
y cuando el tren pasaba con su marcha cansina,
rutina encadenada,
El, no decía nada, pero, se sonreía,
y molestaba, claro.
Al oficinista que desviaba la vista
con el sentido práctico de los burocráticos
que viven de rodillas tras las ventanillas
y que creen solo en las cosas que están en las planillas.
A la señora beata, santa mojigata,
con alma de rosario y de pecado diario,
que con recogimiento y arrepentimiento de confesionario
siempre se escondía del loco de la vía.
¡Claro! Como no pedía.
¡Ah! si hubiera pasado por la sacristía,
si hubiera sido como los demás
que lamian consuelos, no le molestaría;
y hasta pagaría con una limosna, la paz en el cielo.
Y al señor pudoroso, serio, moralista,
ese que da el asiento correcto, ¡educado!
que por las noches vive en el mareo,
loco devaneo de plumas de coristas,
y un amor pagado.
Al pseudointeligente, con cara de valiente,
de duro intransigente, que se cree reformista;
que cuando veía al loco de la vía,
al sol, sin la camisa, desafiar al mundo con su risa,
comprendía que El, también iba en el tren,
el de todos los días.
Al político retorico, critico,
porque no lo votaba el loco de la vía,
y a los vendedores y a los prestamistas,
porque no compraba y no se vendía.
A los poderosos, porque era orgulloso,
a los desgraciados por que no era esclavo,
a la hipocresía por que no creía,
y a los mansos porque se comprometía.
¡Claro! Ya les molestaba, porque aun callado, nunca se callaba.
Es que era un mal ejemplo el loco de la vía,
había que aplastarlo, borrarlo, desterrarlo,
no vaya a ser que un día, quieran imitarlo.
¡Es un enemigo! Vive al sol, no es mendigo,
y  hasta a veces canta, es un subversivo.
Y vinieron, veinte carros de asalto,
cuatro de explosivos, un camión de la perrera,
un destornillador para aflojar los grillos,
máscaras antigases, carros autobomba,
sesenta mil mangueras para aplacar el humo blanco
de su blanca bandera.
Le aplastaron la casa barata y chata,
le expropiaron al perro puntiagudo con alma de felpudo,
El loco de la vía, ¡reía todavía!, y grito: ¡Libertad! Con su voz que dolía.
--Este ya está en la lista—dijo el oficinista,
y la santa señora en un avemaría, pasaba la alcancía,
el señor circunspecto, miraba muy correcto,
los hipócritas se compadecían,
el político crítico con sentido analítico
dijo que era anárquico, que su fin era típico.
Los poderosos repetían con gozo: es un ejemplo claro;
la libertad no existe, decían los esclavos,
y los mansos con quietud de remanso rezaban;
y un cura les decía: arrodillados hijos, siempre arrodillados, hijos.
Y así se lo llevaron al loco de la vía.
Y en su lugar de lata de lunas escarlatas,
con ventanas nuevas todas las mañanas,
con cortinas finas de estrellas vespertinas,
picotean el crepúsculo de algún grillo minúsculo,
unas cuantas gallinas.


Rafael Amor

sábado, 22 de noviembre de 2014

La Derrota

Permanezco sentado en la mesa del bar. Ya he consumido el contenido de dos botellas de tinto; e indico al mozo, descorche la tercera.
La tarde ha sido nublada, sin embargo, y a pesar del pronóstico colectivo de un buen chubasco, no ha caído ni una sola gota al suelo. De modo que, como es posible imaginar, la tarde ha sido obscura; triste. Sin siquiera el parcial consuelo de una lluvia mojando mi cabello y arruinando mi traje durante mi vagabundeo por la ciudad, por lo cual, decidí entrar en el bar. Si no pude ahogar mi mente en la lluvia; ahora por lo menos la inhibiré en el adormecedor líquido cuidadosamente guardado en el vítreo interior de una botella.
El día ha sido, como ya he dicho, terrible; ¿y que decir de los anteriores? La suspensión de mi columna en el diario para el cual trabaje los 10 últimos años me ha dolido en lo hondo. ”Tu columna es aburrida” dijo mi editor. ¡Aburrida! perdí mi trabajo, y consecuencia lógica, mis ingresos; mi forma de vida ¡carajo! ¿Y por que? Por el terrible crimen de no decir lo que la gente quiere escuchar, por no ponerme el uniforme por todos aceptado de la ropa de marca cara y mala calidad, por no abanderarme con un “reality show” en la pantalla del televisor y en la charla; por no vaciar mi existencia hasta convertirla en un pedazo de esa belleza hueca que tanto aman las masas; por no convertir mis pensamientos, mis ideas ni mis deseos en las rameras de la moda o la religión…por desear simplemente ser yo, y nadie mas.
Una copa mas, y nada…no logro dar con el consuelo, la amnesia ni la estupidez…no logro perder ese pequeño lapso de vida que se erige ahora sobre un pedestal, sobre una cumbre; y que toma en el panteón de mis recuerdos la posición de el dios supremo.  Que opaca cualquiera de las emociones sublimes que pude, tal vez, haber sentido, pero que ahora son simplemente una punzante añoranza.
Con la inseguridad que trajo la perdida del empleo; vino también la incertidumbre… y con ella, llego la especulación, las dudas y la austeridad. Se fueron las veladas a luz de luna acompañadas de la suave música de bohemia, las cenas en restaurantes caros, las celebraciones por ese bello fenómeno al que llaman vida.  Con la fama del periodista que trabaja para una de las mejores publicaciones en su tipo, se fue también y de manera indiscutible, mi amada esposa. No se si es posible decir que junto con el dinero se ha marchado también el amor que ella sentía por mi; puesto que no podrán menos que coincidir conmigo en que; para que algo o alguien pueda marcharse, es requisito indispensable el que previamente haya estado presente.  Y realmente, en este momento, en este lugar, después de pasados ya diez días de nuestra separación, dudo que alguna vez me haya amado.  Y de igual manera, me pregunto si alguna vez yo la ame.  Nuestra relación no fue nada común, por otro lado, tampoco nada excepcional; al menos durante los primeros años, desde el momento en  que cruce las primeras palabras con ella. 
Fue durante una calurosa tarde del mes de abril.  Ella estaba tomando una copa en uno de esos cafés que cubren ahora el centro de la ciudad; en los cuales puedes pasar toda la tarde leyendo, charlando, observando a la gente que transita con premura por las torcidas calles; y al tiempo que haces eso, tomar un excelente café, vino o licor.  Esa tarde, yo caminaba con un amigo en busca de algún lugar donde comer.  Habíamos tenido toneladas de trabajo en el periódico, y necesitábamos alimentar nuestros cuerpos con algún buen plato, y nuestros espíritus con un buen cognac.  Ella estaba sentada en una de las mesas del jardín exterior del café, bebía uno de esos cócteles preparados con algún licor carente de sabor, en jugo de frutas. Llevaba un vestido blanco a la rodilla, de lino.  Su cabello era obscuro, con un cierto matiz rojizo, la piel era facinantemente blanca, las manos finas y delgadas sostenían con delicadeza el  vaso húmedo por el calor.  Por debajo de la mesa sin mantel, se podía ver un par de pantorrillas cinceladas a la perfección e imaginar unos muslos delineados con igual maestría; aunque debo admitir, mi imaginación no se detuvo en los muslos. 
Cuando la vimos, quedamos anonadados. El lugar había sido elegido y esperábamos que el menú también.  Nos sentamos en la mesa contigua, y pedimos lo primero que leímos en el menú.  Un instante después de ordenar un filete en espinacas y espárragos y una botella de vino; Carlos se levanto de la mesa y fue a donde la pelirroja. Ignoro que fue lo que le dijo, pero instantes después ella estaba en nuestra mesa, comiendo y bebiendo con nosotros y como es lógico; luciendo encantadora. Carlos hacia gala de su charla interesante y divertida, matizada por su acento extranjero; hablaba de cine, de arte, de opera y demás temas sofisticados que a el poco le interesaban; pero que sabia, marcaban una profunda impresión en el espíritu de las mujeres que bogan hacia los círculos intelectuales; y si Carlos tenia un talento, era el de saber reconocer a las personas desde el primer vistazo y por tanto, la mejor manera de simpatizarles. Yo por mi parte… comía los espárragos.
Esa noche, Sara la pasaba en la cama de Carlos. Y yo en un cuarto de hotel, pues como mi querido amigo y yo éramos solteros y vivíamos juntos, me pareció que seria mas cómodo dormir en otro sitio, y rezar por que al menos respetasen la cocina.
Unos meses después terminamos la universidad. Carlos voló de regreso a Madrid; y Sara y yo, nos convertimos primero en amigos, luego en amantes, y pasado un mes nos casamos en una pequeña capilla de la ciudad; sin la compañía de su familia ni la mía, pues la suya radicaba en Colombia y la mía sencillamente no existía, o mejor dicho; como si no hubiese existido nunca.
El bar en el que he pasado la noche tratando de ahogarme cierra sus puertas.  Yo  salgo tambaleante por el efecto del alcohol, y aun con ese repugnante sabor a vida en la boca.  Camino por las calles de los barrios bajos y observo.  En las aceras las prostitutas de pie, ofreciendo cuanto pueden ofrecer, ofreciendo el mejor negocio; puesto que en definitiva, la mejor transacción será siempre la que se lleva acabo entre un hombre solitario y una ramera.  Puedes comprar autos, tierras, joyas, drogas. Compras cosas que puedes ver, tocar, que sabes que son tuyas, pero que son simplemente cosas; cosas por las que pagas mucho, o pagas poco; cosas que están ahí, que alguien fabrico, que puedes  comprarle a cualquiera y que puedes revender al precio que mejor te parezca.  Pero una prostituta. ¡Dios! Una prostituta vende algo que solo ella puede dar. No un cuerpo, no un momento de placer hueco, no una piel que tocar, besar, absorber y abandonar.  Una prostituta vende un intervalo de tiempo que jamás ha de recuperar. Te vende los sueños perdidos, un poco de su alma y de su esencia, la sumisión en las maneras, la absolución a los ojos de alguien que lo ha visto todo; es decir, se vende a si misma, vende ese pequeño instante que ella, que solo ella, la experta, puede dar; y a un precio mucho mas bajo que el que se paga, en la mayoría de los casos, a quien lo regala.
Entro en el sucio burdel, pago la habitación y la mujer.  Seria mas dulce hacerlo como en siglos pasados se hacia; se pagaba por la mujer dejando el dinero sobre la mesa de noche; pero bueno, los tiempos han cambiado, y ya no se puede confiar.
Cuando Carlos se marcho a Madrid, me quede solo en la casa; que por cierto, había sido la herencia que mi padre, el único de mi familia que me consideraba algo más que un vago; me había dejado.  De modo que después de nuestra boda, Sara vendió su apartamento, y se mudo a vivir conmigo; antes de eso, solamente pasaba algunas noches en mi cama, o bien yo en la suya.
Durante todo el año siguiente, Sara dejo el trabajo que tenia como dependiente en un almacén de productos europeos y se dedico de lleno a la pintura; su única y verdadera pasión. No puedo negar que me hubiese gustado haber estado catalogado como una de sus pasiones, pero en realidad eso nunca ocurrió, así que me conforme con ser su amado, su amante, y su insano entretenimiento favorito; lo cual me colocaba en una posición bastante cómoda, pues no tenia que competir con la pintura, simplemente, condescender con ella mientras ella fuera tolerante conmigo.
Al segundo año, envié uno de sus cuadros a un amigo mío que se dedicaba a la venta de obras de arte; un mes después, Sara recibió una carta de una galería en Milán, que estaba interesada en exhibir y vender sus obras; para lo cual, era necesario viajar a donde la galería para estar presentes en la primera exhibición.  Yo pedí una licencia en el diario, para ausentarme por unos meses, la cual, me fue dada a regañadientes, pues siendo yo su columnista mas leído en ese momento, no les era fácil dejarme ir si aun podían exprimirme, sin embargo, al no haber tomado yo en todos mis años de trabajo en la publicación descanso alguno, no pudieron sino desearme suerte en mi viaje.
La exhibición en Milán fue todo un éxito y lo que parecía ser un viaje de placer, termino por convertirse en una exhaustiva gira por Europa. A la exhibición de Milán, le siguieron Roma, Venecia, Viena, Praga, Berlín, Francfort, Paris, Londres y Edimburgo. 
Durante ese tiempo, me dedique a fumar, beber, felicitar a mi esposa por su éxito, gastar el dinero que había ahorrado durante los anteriores años y escribir mi segundo libro.
Salgo del burdel, el olor a perfume barato recorre todo mi cuerpo, como odio esa fragancia; que desgracia que las mujerzuelas no sean lo bastante bien pagadas como para elegir perfumes mas caros.  Observo a la gente caminar; mas prostitutas, sodomitas, ladrones y anacoretas cubren el panorama del arrabal. Llego a un hotel que se encuentra de pie en una intersección entre dos calles.  Pido una habitación con orientación este, y pago por la hora que falta para el amanecer, y tres horas adicionales a dicho evento.  Me quedo tumbado sobre el sucio cubrecama, que aun huele al alcohol y al sexo de unas horas atrás; pero eso ya no importa; me quedo dormido.
Un sonido me despierta. Estoy confundido. No se donde estoy, ni por que. Lentamente comienzo a recordar la víspera.
--¡Tiempo!—dice una voz del otro lado de la puerta.
Es el administrador, por llamarle de algún modo, que me informa que ya he consumido las 4 horas que he pagado.
Me levanto temblando por el frío, y las copas de la noche anterior.  En mi cabeza hay un dolor punzante, como si un millar de avispas recorrieran su interior zumbando con furia, piqueteando mi cerebro, lastimando las cuencas de mis ojos.
Cruzo la puerta y sonrió al ver el seño fruncido del desaliñado administrador, que me reclama y cobra los 15 minutos adicionales.  Pago, no me quejo, no vale la pena; después de todo, he recibido ofensas peores, y tampoco he dicho nada entonces.
Los años que siguieron, Sara y yo los pasamos pintando y escribiendo, respectivamente.  Todos los días comíamos juntos en algún restaurante o café del centro.  Charlábamos sobre asuntos sin importancia, de vez en cuando pasábamos un fin de semana en algún lugar alejado de la ciudad, o si disponíamos del tiempo, viajábamos hacia un sitio que no conociéramos.  Y así se nos fue pasando la vida.  Trabajando, comiendo, haciendo el amor, durmiendo, viajando y haciendo el amor de nuevo.  Y un buen día, todo termino. Una mujer exitosa en el mundo del arte como ella, no podía seguir viviendo con un periodista fracasado como yo.  De nada valió el tiempo que llevábamos juntos, en nada importo que hubiera sido yo quien financio su arte cuando ella era nadie. De nada me sirvió el condescender con la pintura, al final, fui vencido por el éxito, que es menos bello que el arte, pero mucho más seductor.
Salgo del hotelucho en el que pase la noche.  Continuo mi recorrido por las calles sin pavimento, lleno mis zapatos con el lodo que ha dejado la lluvia mientras yo dormía.  Tomo un tranvía con rumbo al centro de la ciudad.  Sigo caminando. Al pasar frente al viejo restaurante donde años atrás conocí a Sara.  Veo su silueta sentada en la misma mesa donde la conocí.  Un hombre alto y moreno la acompaña. Charlan animosamente mientras se toman de la mano.
--Bien, es atractivo y joven, no debe pasar de los 22—digo para mí.
--Buenas tardes—les digo sentándome en la mesa de al lado.
--Buenas tardes—contestan los dos con una expresión de sorpresa en el rostro; mientras observan mi traje sucio y desaliñado.
El camarero se acerca a mi, saco la billetera y dándole algo de dinero, pido un plato cualquiera y una copa de ron.  El camarero se marcha.
--Se acaban de conocer ¿no es cierto?—le digo al muchacho, aprovechando que ella se ha levantado para ir al baño.
--Si, hace un momento—me contesta el joven, tratando de disimular una sonrisa casi infantil.
--¿Sabes? Precisamente en esa mesa conocí a mi mujer hace ya algunos años—comento, al tiempo que el camarero coloca mi plato sobre la mesa.
Ella ha regresado, me observa de reojo, como si no me conociera. Esta nerviosa, se le nota en la respiración.
--Y dime Sara—digo dirigiéndome a ella—¿este será tu nuevo amante? ¿Lo llevaras a tu cama esta misma noche, igual que con Carlos?
Sara me mira perpleja --¿perdón?—articula con tono titubeante.
--Vamos Sara—le digo—tú y yo sabemos lo que pasara. Lo llevaras a tu cama, te lo cojeras como la zorra que eres y cuando ya no tenga nada mas para ofrecerte, lo dejaras. Como lo hiciste conmigo.
Su rostro esta desencajado por la ira y la confusión. El muchacho se levanta colérico.  Yo saco el arma que llevo siempre debajo del saco. Un segundo, un estruendo, un adiós.  Hay sangre esparcida por todo el lugar.  La gente grita enloquecida por el terror.  El muchacho se abalanza sobre mí.  Caigo al suelo de espaldas.  Todo se pone obscuro.  No recuerdo nada, despierto en una habitación sin mobiliario.  Sara pasa frente a la reja de la celda.  No lo entiendo, no comprendo como es que este aquí.
Se detiene a hablar con un hombre de entre 50 y 60 años. La cara cubierta de bello, complexión delgada, mirada inteligente, y terrible gusto al vestir; mira que usar el saco blanco y el pantalón negro.
--¿Cómo ha estado estos meses?—pregunta la muy hipócrita.
--No muy bien, cada vez esta mas lejano—contesta el hombre, mientras le muestra algunas laminas plásticas.
--¿Y no hay nada que se pueda hacer?—pregunta ella de nuevo.
--A estas alturas nada, ya esta fuera de nuestro alcance.—contesta el.

El muchacho moreno con quien Sara se encontraba en el café se aproxima a mí. Se reclina sobre mí. Me observa y se marcha.  No entiendo.  ¿Por que nadie me dice nada?

Rafael Prado

lunes, 17 de noviembre de 2014

Dios

Notas de Beethoven, infranqueable resonancia entre el silencio y la distancia
de dos seres que se aman y no se tocan.

Caricias distantes de áspero sonido y frenética mirada.
No queda nada más allá del whiskey y un poco de argot,Solo melosas melodías, obsesivas, compulsivas,No queda nada más allá de sonidos estridentes,Y de muertes, y de presagios
y la noción de un mundo austero y vacío,
Donde llenar de susurros el sonido de la nada. Añoranza cálida de lunas muertas,
de caricias perdidas.
El deseo inaudible, el suplicio intermitente,Entre el cielo de cantos matinales,
y el sepulcral sonido de criptas vacías.
No hay caricias, ni calor, ni nada,Solo una resonancia hueca que muere entre músculos yermos. Carne, no mas, solo espacio entre las costillas,Hormigueante calor de cenizas pasadas,
 muertas, lejanas.
 Y los huesos que se calcinan,
Y claman el futuro de la hierba fresca,Bajo el fuego de esa lucha,
de esa cuesta que no llega a su final.
 Dios! Dios! El demente de los clamores ajenos,
la criatura sorda de madera,

que inmutable, y cínico permanece ausente,

aunque el mundo colapse,
aunque el corazón muera.
 No hay más, solo el recelo
y el tibio y acre olor del opio y alcohol.

Morimos los que permanecemos,
sin más posesión que el delirio.
Fenecemos ante el dolor que es la vida,
la desagradable interrupción de lo inexistente,

la muerte que macera detrás de las cuecas de los ojos,
que es la única vida que en nosotros puede haber.
Morimos de amores viejos,
y luchamos, y morimos más,

y no hay ocaso ni praderas,
ni verdes bosques, ni promesas.

Solo arena terracota, solo quimeras de sal.
 


Rafael Prado


Remords posthume

Lorsque tu dormiras, ma belle ténébreuse,
Au fond d'un monument construit en marbre noir,
Et lorsque tu n'auras pour alcôve et manoir
Qu'un caveau pluvieux et qu'une fosse creuse;
Quand la pierre, opprimant ta poitrine peureuse
Et tes flancs qu'assouplit un charmant nonchaloir,
Empêchera ton coeur de battre et de vouloir,
Et tes pieds de courir leur course aventureuse,
Le tombeau, confident de mon rêve infini
(Car le tombeau toujours comprendra le poète),
Durant ces grandes nuits d'où le somme est banni,
Te dira: «Que vous sert, courtisane imparfaite,
De n'avoir pas connu ce que pleurent les morts?»
— Et le ver rongera ta peau comme un remords.

— Charles Baudelaire

Posthumous Remorse

When you will sleep, O dusky beauty mine,
Beneath a monument fashioned of black marble,
When you will have for bedroom and mansion
Only a rain-swept vault and a hollow grave,
When the slab of stone, oppressing your frightened breast
And your flanks now supple with charming nonchalance,
Will keep your heart from beating, from wishing,
And your feet from running their adventurous course,
The tomb, confidant of my infinite dreams
(For the tomb will always understand the poet)
Through those long nights from which all sleep is banned, will say:
"What does it profit you, imperfect courtesan,
Not to have known why the dead weep?"

— And like remorse the worm will gnaw your skin.

DESPEDIDA



Deja que te vea antes de partir.
Deja que dilate el tiempo de la despedida.
Déjame tocarte una vez más;
sentir melancólico el roce de tus labios y los míos,
husmear con curiosidad los recovecos de tu cuerpo,
los sonidos de tu aliento, los matices de tu piel.
Camina conmigo bajo la sombra de los árboles.
Tómame de la mano y permíteme vagar contigo
por los senderos aun no andados.

Te observo en silencio mientras me hablas.
Me acurruco en tus ojos color ámbar.
Y desvío mi cuerpo para tocar con los dedos tus mejillas.
Se bien que has de marcharte pronto
y que el destino tal vez nunca junte de nuevo nuestras vidas.
Pero déjame olvidarlo al menos por un rato,
permíteme que me abrase a tu cuerpo,
que mis oídos memoricen tu respiración profunda.

Déjame fingirme enamorado eternamente,
déjame sentirme el más antiguo de tus amantes.
Déjame ser feliz, y besarte una ultima vez.


Rafael Prado

El ocaso



La ceguera lunar acontece en mi cerebro,
cada noche, cada fantasía, cada risa mustia
nubla la razón y el idilio de la ausencia.
Quimeras cayendo en mi  alejamiento,
nubes grises, fantasmas del ayer que es hoy.

Todo es pasado en mí sino, todo es distancia;
sin sueños la faena corre, gime y vaga.
Por tierra caen los pasos de un ayer
que clama por la presencia del letargo,
que fantasea con lo absoluto de la nada.

Te observo, no se quien eres, ignoro tu nombre,
te añoro fantasma del estío, fatalidad del tiempo.
Tus senos arden en la humedad de mis labios,
tus caminos serpentean, se disipan y regresan
a los senderos de mi mente, de mi espera.

¿Quien eres tú, calida figura sin pasiones?
¿Quién eres tú, sonrisa de azafrán y  magenta?
Pregunto a la sombra blanquecina que inunda mis recuerdos,
sin respuesta se quedan mis oídos, no hay sonidos en tu cielo.

Hay un lago en el pueblo viejo, un lago de aguas cristalinas,
el miedo recorre mi cuerpo, solo puedo soñar el blanco de tus velas.
Ven a mi, nave clara del ocaso,
ven a mi, obscuridad libertadora,
temo el sonido de tus labios en mi boca,
pero te besare, si prometes liberarme.

Rafael Prado

Adiós



Una copa mas, y por ti brindo,
entre el silencio y la añoranza.
Una caricia más he dejado,
entre tu piel y mi esperanza.

El jerez que en tus labios bebo,
la caricia tuya que lacera,
la muerte, el suplicio, el apetito,
silencios yermos a tu vera.

Te recuerdo tu nombre,
dicha única en el espacio,
clamor de angustia y muerte
quebranto del condenado.

Te recuerdo tu nombre,
por tu nombre he nacido,
y cada gota de mi sangre,
vive solo en tu letargo.

Eres la angustia de mi espacio,
la carne que el destino me veda,
caricia perdida de amaranto,
de sal, de retorno, de quimeras.

No comprendo tu destino,
mas envidio la vereda,
que a tus pasos hace el camino,
que de mí al fin te aleja.

Uno, dos, tres, canto de añoranza,
clamo de humedad de tus labios,
lloro de lamentos, de esperanza,
de profundos y locos quebrantos.

Se de memoria tu sonido,
se de memoria tus caricias,
en mis recuerdos vive el gemido,
y tu magia y la ausencia.

Adiós le digo a tu lecho,
y me embriago por regresar,
al lamento de tu silencio,
pues vida, ya no puedo respirar.


Rafael Prado

TU NOMBRE

Pronuncio tu nombre, deambulo por el umbral de tu alcoba.
Como cada noche, recojo mis cenizas y las esparzo sobre el lecho que no ocupas.
Soy lo que queda, soy los restos de tu voz en mis oídos; soy la luz que por las noches apagas sin saber que mi mano acaricia tu puerta.
He recorrido el silencio, la penumbra mustia; añorando el verme en tus pupilas.
Vagabundeo silencioso en la oscuridad.
Lasos rotos, angustia de tu piel…ya solo queda el lecho al que no he de volver.


Rafael Prado