Permanezco sentado
en la mesa del bar. Ya he consumido el contenido de dos botellas de tinto; e
indico al mozo, descorche la tercera.
La tarde ha sido
nublada, sin embargo, y a pesar del pronóstico colectivo de un buen chubasco, no
ha caído ni una sola gota al suelo. De modo que, como es posible imaginar, la
tarde ha sido obscura; triste. Sin siquiera el parcial consuelo de una lluvia
mojando mi cabello y arruinando mi traje durante mi vagabundeo por la ciudad,
por lo cual, decidí entrar en el bar. Si no pude ahogar mi mente en la lluvia;
ahora por lo menos la inhibiré en el adormecedor líquido cuidadosamente
guardado en el vítreo interior de una botella.
El día ha sido,
como ya he dicho, terrible; ¿y que decir de los anteriores? La suspensión de mi
columna en el diario para el cual trabaje los 10 últimos años me ha dolido en
lo hondo. ”Tu columna es aburrida” dijo mi editor. ¡Aburrida! perdí mi trabajo,
y consecuencia lógica, mis ingresos; mi forma de vida ¡carajo! ¿Y por que? Por
el terrible crimen de no decir lo que la gente quiere escuchar, por no ponerme
el uniforme por todos aceptado de la ropa de marca cara y mala calidad, por no
abanderarme con un “reality show” en la pantalla del televisor y en la charla;
por no vaciar mi existencia hasta convertirla en un pedazo de esa belleza hueca
que tanto aman las masas; por no convertir mis pensamientos, mis ideas ni mis
deseos en las rameras de la moda o la religión…por desear simplemente ser yo, y
nadie mas.
Una copa mas, y
nada…no logro dar con el consuelo, la amnesia ni la estupidez…no logro perder
ese pequeño lapso de vida que se erige ahora sobre un pedestal, sobre una
cumbre; y que toma en el panteón de mis recuerdos la posición de el dios
supremo. Que opaca cualquiera de las
emociones sublimes que pude, tal vez, haber sentido, pero que ahora son
simplemente una punzante añoranza.
Con la inseguridad
que trajo la perdida del empleo; vino también la incertidumbre… y con ella,
llego la especulación, las dudas y la austeridad. Se fueron las veladas a luz
de luna acompañadas de la suave música de bohemia, las cenas en restaurantes
caros, las celebraciones por ese bello fenómeno al que llaman vida. Con la fama del periodista que trabaja para
una de las mejores publicaciones en su tipo, se fue también y de manera
indiscutible, mi amada esposa. No se si es posible decir que junto con el
dinero se ha marchado también el amor que ella sentía por mi; puesto que no podrán
menos que coincidir conmigo en que; para que algo o alguien pueda marcharse, es
requisito indispensable el que previamente haya estado presente. Y realmente, en este momento, en este lugar,
después de pasados ya diez días de nuestra separación, dudo que alguna vez me
haya amado. Y de igual manera, me
pregunto si alguna vez yo la ame. Nuestra
relación no fue nada común, por otro lado, tampoco nada excepcional; al menos
durante los primeros años, desde el momento en
que cruce las primeras palabras con ella.
Fue durante una
calurosa tarde del mes de abril. Ella
estaba tomando una copa en uno de esos cafés que cubren ahora el centro de la
ciudad; en los cuales puedes pasar toda la tarde leyendo, charlando, observando
a la gente que transita con premura por las torcidas calles; y al tiempo que
haces eso, tomar un excelente café, vino o licor. Esa tarde, yo caminaba con un amigo en busca
de algún lugar donde comer. Habíamos
tenido toneladas de trabajo en el periódico, y necesitábamos alimentar nuestros
cuerpos con algún buen plato, y nuestros espíritus con un buen cognac. Ella estaba sentada en una de las mesas del jardín
exterior del café, bebía uno de esos cócteles preparados con algún licor carente
de sabor, en jugo de frutas. Llevaba un vestido blanco a la rodilla, de
lino. Su cabello era obscuro, con un cierto
matiz rojizo, la piel era facinantemente blanca, las manos finas y delgadas sostenían
con delicadeza el vaso húmedo por el
calor. Por debajo de la mesa sin mantel,
se podía ver un par de pantorrillas cinceladas a la perfección e imaginar unos
muslos delineados con igual maestría; aunque debo admitir, mi imaginación no se
detuvo en los muslos.
Cuando la vimos,
quedamos anonadados. El lugar había sido elegido y esperábamos que el menú también. Nos sentamos en la mesa contigua, y pedimos
lo primero que leímos en el menú. Un
instante después de ordenar un filete en espinacas y espárragos y una botella
de vino; Carlos se levanto de la mesa y fue a donde la pelirroja. Ignoro que
fue lo que le dijo, pero instantes después ella estaba en nuestra mesa, comiendo
y bebiendo con nosotros y como es lógico; luciendo encantadora. Carlos hacia
gala de su charla interesante y divertida, matizada por su acento extranjero;
hablaba de cine, de arte, de opera y demás temas sofisticados que a el poco le
interesaban; pero que sabia, marcaban una profunda impresión en el espíritu de
las mujeres que bogan hacia los círculos intelectuales; y si Carlos tenia un
talento, era el de saber reconocer a las personas desde el primer vistazo y por
tanto, la mejor manera de simpatizarles. Yo por mi parte… comía los espárragos.
Esa noche, Sara la
pasaba en la cama de Carlos. Y yo en un cuarto de hotel, pues como mi querido
amigo y yo éramos solteros y vivíamos juntos, me pareció que seria mas cómodo
dormir en otro sitio, y rezar por que al menos respetasen la cocina.
Unos meses después
terminamos la universidad. Carlos voló de regreso a Madrid; y Sara y yo, nos
convertimos primero en amigos, luego en amantes, y pasado un mes nos casamos en
una pequeña capilla de la ciudad; sin la compañía de su familia ni la mía, pues
la suya radicaba en Colombia y la mía sencillamente no existía, o mejor dicho;
como si no hubiese existido nunca.
El bar en el que he
pasado la noche tratando de ahogarme cierra sus puertas. Yo salgo
tambaleante por el efecto del alcohol, y aun con ese repugnante sabor a vida en
la boca. Camino por las calles de los
barrios bajos y observo. En las aceras
las prostitutas de pie, ofreciendo cuanto pueden ofrecer, ofreciendo el mejor
negocio; puesto que en definitiva, la mejor transacción será siempre la que se
lleva acabo entre un hombre solitario y una ramera. Puedes comprar autos, tierras, joyas, drogas.
Compras cosas que puedes ver, tocar, que sabes que son tuyas, pero que son
simplemente cosas; cosas por las que pagas mucho, o pagas poco; cosas que están
ahí, que alguien fabrico, que puedes
comprarle a cualquiera y que puedes revender al precio que mejor te parezca. Pero una prostituta. ¡Dios! Una prostituta
vende algo que solo ella puede dar. No un cuerpo, no un momento de placer
hueco, no una piel que tocar, besar, absorber y abandonar. Una prostituta vende un intervalo de tiempo
que jamás ha de recuperar. Te vende los sueños perdidos, un poco de su alma y
de su esencia, la sumisión en las maneras, la absolución a los ojos de alguien
que lo ha visto todo; es decir, se vende a si misma, vende ese pequeño instante
que ella, que solo ella, la experta, puede dar; y a un precio mucho mas bajo
que el que se paga, en la mayoría de los casos, a quien lo regala.
Entro en el sucio
burdel, pago la habitación y la mujer.
Seria mas dulce hacerlo como en siglos pasados se hacia; se pagaba por
la mujer dejando el dinero sobre la mesa de noche; pero bueno, los tiempos han
cambiado, y ya no se puede confiar.
Cuando Carlos se
marcho a Madrid, me quede solo en la casa; que por cierto, había sido la herencia
que mi padre, el único de mi familia que me consideraba algo más que un vago; me
había dejado. De modo que después de
nuestra boda, Sara vendió su apartamento, y se mudo a vivir conmigo; antes de
eso, solamente pasaba algunas noches en mi cama, o bien yo en la suya.
Durante todo el año
siguiente, Sara dejo el trabajo que tenia como dependiente en un almacén de
productos europeos y se dedico de lleno a la pintura; su única y verdadera pasión.
No puedo negar que me hubiese gustado haber estado catalogado como una de sus
pasiones, pero en realidad eso nunca ocurrió, así que me conforme con ser su
amado, su amante, y su insano entretenimiento favorito; lo cual me colocaba en
una posición bastante cómoda, pues no tenia que competir con la pintura,
simplemente, condescender con ella mientras ella fuera tolerante conmigo.
Al segundo año, envié
uno de sus cuadros a un amigo mío que se dedicaba a la venta de obras de arte;
un mes después, Sara recibió una carta de una galería en Milán, que estaba
interesada en exhibir y vender sus obras; para lo cual, era necesario viajar a
donde la galería para estar presentes en la primera exhibición. Yo pedí una licencia en el diario, para
ausentarme por unos meses, la cual, me fue dada a regañadientes, pues siendo yo
su columnista mas leído en ese momento, no les era fácil dejarme ir si aun podían
exprimirme, sin embargo, al no haber tomado yo en todos mis años de trabajo en
la publicación descanso alguno, no pudieron sino desearme suerte en mi viaje.
La exhibición en
Milán fue todo un éxito y lo que parecía ser un viaje de placer, termino por
convertirse en una exhaustiva gira por Europa. A la exhibición de Milán, le
siguieron Roma, Venecia, Viena, Praga, Berlín, Francfort, Paris, Londres y
Edimburgo.
Durante ese tiempo,
me dedique a fumar, beber, felicitar a mi esposa por su éxito, gastar el dinero
que había ahorrado durante los anteriores años y escribir mi segundo libro.
Salgo del burdel,
el olor a perfume barato recorre todo mi cuerpo, como odio esa fragancia; que
desgracia que las mujerzuelas no sean lo bastante bien pagadas como para elegir
perfumes mas caros. Observo a la gente
caminar; mas prostitutas, sodomitas, ladrones y anacoretas cubren el panorama
del arrabal. Llego a un hotel que se encuentra de pie en una intersección entre
dos calles. Pido una habitación con
orientación este, y pago por la hora que falta para el amanecer, y tres horas
adicionales a dicho evento. Me quedo
tumbado sobre el sucio cubrecama, que aun huele al alcohol y al sexo de unas
horas atrás; pero eso ya no importa; me quedo dormido.
Un sonido me
despierta. Estoy confundido. No se donde estoy, ni por que. Lentamente comienzo
a recordar la víspera.
--¡Tiempo!—dice una
voz del otro lado de la puerta.
Es el
administrador, por llamarle de algún modo, que me informa que ya he consumido
las 4 horas que he pagado.
Me levanto
temblando por el frío, y las copas de la noche anterior. En mi cabeza hay un dolor punzante, como si
un millar de avispas recorrieran su interior zumbando con furia, piqueteando mi
cerebro, lastimando las cuencas de mis ojos.
Cruzo la puerta y sonrió
al ver el seño fruncido del desaliñado administrador, que me reclama y cobra
los 15 minutos adicionales. Pago, no me
quejo, no vale la pena; después de todo, he recibido ofensas peores, y tampoco
he dicho nada entonces.
Los años que
siguieron, Sara y yo los pasamos pintando y escribiendo, respectivamente. Todos los días comíamos juntos en algún
restaurante o café del centro. Charlábamos
sobre asuntos sin importancia, de vez en cuando pasábamos un fin de semana en algún
lugar alejado de la ciudad, o si disponíamos del tiempo, viajábamos hacia un
sitio que no conociéramos. Y así se nos
fue pasando la vida. Trabajando,
comiendo, haciendo el amor, durmiendo, viajando y haciendo el amor de
nuevo. Y un buen día, todo termino. Una
mujer exitosa en el mundo del arte como ella, no podía seguir viviendo con un
periodista fracasado como yo. De nada valió
el tiempo que llevábamos juntos, en nada importo que hubiera sido yo quien
financio su arte cuando ella era nadie. De nada me sirvió el condescender con
la pintura, al final, fui vencido por el éxito, que es menos bello que el arte,
pero mucho más seductor.
Salgo del hotelucho
en el que pase la noche. Continuo mi
recorrido por las calles sin pavimento, lleno mis zapatos con el lodo que ha
dejado la lluvia mientras yo dormía.
Tomo un tranvía con rumbo al centro de la ciudad. Sigo caminando. Al pasar frente al viejo
restaurante donde años atrás conocí a Sara.
Veo su silueta sentada en la misma mesa donde la conocí. Un hombre alto y moreno la acompaña. Charlan
animosamente mientras se toman de la mano.
--Bien, es
atractivo y joven, no debe pasar de los 22—digo para mí.
--Buenas tardes—les
digo sentándome en la mesa de al lado.
--Buenas
tardes—contestan los dos con una expresión de sorpresa en el rostro; mientras
observan mi traje sucio y desaliñado.
El camarero se
acerca a mi, saco la billetera y dándole algo de dinero, pido un plato
cualquiera y una copa de ron. El
camarero se marcha.
--Se acaban de
conocer ¿no es cierto?—le digo al muchacho, aprovechando que ella se ha
levantado para ir al baño.
--Si, hace un
momento—me contesta el joven, tratando de disimular una sonrisa casi infantil.
--¿Sabes? Precisamente
en esa mesa conocí a mi mujer hace ya algunos años—comento, al tiempo que el
camarero coloca mi plato sobre la mesa.
Ella ha regresado,
me observa de reojo, como si no me conociera. Esta nerviosa, se le nota en la
respiración.
--Y dime Sara—digo dirigiéndome
a ella—¿este será tu nuevo amante? ¿Lo llevaras a tu cama esta misma noche,
igual que con Carlos?
Sara me mira
perpleja --¿perdón?—articula con tono titubeante.
--Vamos Sara—le
digo—tú y yo sabemos lo que pasara. Lo llevaras a tu cama, te lo cojeras como
la zorra que eres y cuando ya no tenga nada mas para ofrecerte, lo dejaras.
Como lo hiciste conmigo.
Su rostro esta
desencajado por la ira y la confusión. El muchacho se levanta colérico. Yo saco el arma que llevo siempre debajo del
saco. Un segundo, un estruendo, un adiós.
Hay sangre esparcida por todo el lugar.
La gente grita enloquecida por el terror. El muchacho se abalanza sobre mí. Caigo al suelo de espaldas. Todo se pone obscuro. No recuerdo nada, despierto en una habitación
sin mobiliario. Sara pasa frente a la
reja de la celda. No lo entiendo, no
comprendo como es que este aquí.
Se detiene a hablar
con un hombre de entre 50 y 60 años. La cara cubierta de bello, complexión
delgada, mirada inteligente, y terrible gusto al vestir; mira que usar el saco
blanco y el pantalón negro.
--¿Cómo ha estado
estos meses?—pregunta la muy hipócrita.
--No muy bien, cada
vez esta mas lejano—contesta el hombre, mientras le muestra algunas laminas plásticas.
--¿Y no hay nada
que se pueda hacer?—pregunta ella de nuevo.
--A estas alturas
nada, ya esta fuera de nuestro alcance.—contesta el.
El muchacho moreno
con quien Sara se encontraba en el café se aproxima a mí. Se reclina sobre mí. Me
observa y se marcha. No entiendo. ¿Por que nadie me dice nada?
Rafael Prado