sábado, 22 de noviembre de 2014

La Derrota

Permanezco sentado en la mesa del bar. Ya he consumido el contenido de dos botellas de tinto; e indico al mozo, descorche la tercera.
La tarde ha sido nublada, sin embargo, y a pesar del pronóstico colectivo de un buen chubasco, no ha caído ni una sola gota al suelo. De modo que, como es posible imaginar, la tarde ha sido obscura; triste. Sin siquiera el parcial consuelo de una lluvia mojando mi cabello y arruinando mi traje durante mi vagabundeo por la ciudad, por lo cual, decidí entrar en el bar. Si no pude ahogar mi mente en la lluvia; ahora por lo menos la inhibiré en el adormecedor líquido cuidadosamente guardado en el vítreo interior de una botella.
El día ha sido, como ya he dicho, terrible; ¿y que decir de los anteriores? La suspensión de mi columna en el diario para el cual trabaje los 10 últimos años me ha dolido en lo hondo. ”Tu columna es aburrida” dijo mi editor. ¡Aburrida! perdí mi trabajo, y consecuencia lógica, mis ingresos; mi forma de vida ¡carajo! ¿Y por que? Por el terrible crimen de no decir lo que la gente quiere escuchar, por no ponerme el uniforme por todos aceptado de la ropa de marca cara y mala calidad, por no abanderarme con un “reality show” en la pantalla del televisor y en la charla; por no vaciar mi existencia hasta convertirla en un pedazo de esa belleza hueca que tanto aman las masas; por no convertir mis pensamientos, mis ideas ni mis deseos en las rameras de la moda o la religión…por desear simplemente ser yo, y nadie mas.
Una copa mas, y nada…no logro dar con el consuelo, la amnesia ni la estupidez…no logro perder ese pequeño lapso de vida que se erige ahora sobre un pedestal, sobre una cumbre; y que toma en el panteón de mis recuerdos la posición de el dios supremo.  Que opaca cualquiera de las emociones sublimes que pude, tal vez, haber sentido, pero que ahora son simplemente una punzante añoranza.
Con la inseguridad que trajo la perdida del empleo; vino también la incertidumbre… y con ella, llego la especulación, las dudas y la austeridad. Se fueron las veladas a luz de luna acompañadas de la suave música de bohemia, las cenas en restaurantes caros, las celebraciones por ese bello fenómeno al que llaman vida.  Con la fama del periodista que trabaja para una de las mejores publicaciones en su tipo, se fue también y de manera indiscutible, mi amada esposa. No se si es posible decir que junto con el dinero se ha marchado también el amor que ella sentía por mi; puesto que no podrán menos que coincidir conmigo en que; para que algo o alguien pueda marcharse, es requisito indispensable el que previamente haya estado presente.  Y realmente, en este momento, en este lugar, después de pasados ya diez días de nuestra separación, dudo que alguna vez me haya amado.  Y de igual manera, me pregunto si alguna vez yo la ame.  Nuestra relación no fue nada común, por otro lado, tampoco nada excepcional; al menos durante los primeros años, desde el momento en  que cruce las primeras palabras con ella. 
Fue durante una calurosa tarde del mes de abril.  Ella estaba tomando una copa en uno de esos cafés que cubren ahora el centro de la ciudad; en los cuales puedes pasar toda la tarde leyendo, charlando, observando a la gente que transita con premura por las torcidas calles; y al tiempo que haces eso, tomar un excelente café, vino o licor.  Esa tarde, yo caminaba con un amigo en busca de algún lugar donde comer.  Habíamos tenido toneladas de trabajo en el periódico, y necesitábamos alimentar nuestros cuerpos con algún buen plato, y nuestros espíritus con un buen cognac.  Ella estaba sentada en una de las mesas del jardín exterior del café, bebía uno de esos cócteles preparados con algún licor carente de sabor, en jugo de frutas. Llevaba un vestido blanco a la rodilla, de lino.  Su cabello era obscuro, con un cierto matiz rojizo, la piel era facinantemente blanca, las manos finas y delgadas sostenían con delicadeza el  vaso húmedo por el calor.  Por debajo de la mesa sin mantel, se podía ver un par de pantorrillas cinceladas a la perfección e imaginar unos muslos delineados con igual maestría; aunque debo admitir, mi imaginación no se detuvo en los muslos. 
Cuando la vimos, quedamos anonadados. El lugar había sido elegido y esperábamos que el menú también.  Nos sentamos en la mesa contigua, y pedimos lo primero que leímos en el menú.  Un instante después de ordenar un filete en espinacas y espárragos y una botella de vino; Carlos se levanto de la mesa y fue a donde la pelirroja. Ignoro que fue lo que le dijo, pero instantes después ella estaba en nuestra mesa, comiendo y bebiendo con nosotros y como es lógico; luciendo encantadora. Carlos hacia gala de su charla interesante y divertida, matizada por su acento extranjero; hablaba de cine, de arte, de opera y demás temas sofisticados que a el poco le interesaban; pero que sabia, marcaban una profunda impresión en el espíritu de las mujeres que bogan hacia los círculos intelectuales; y si Carlos tenia un talento, era el de saber reconocer a las personas desde el primer vistazo y por tanto, la mejor manera de simpatizarles. Yo por mi parte… comía los espárragos.
Esa noche, Sara la pasaba en la cama de Carlos. Y yo en un cuarto de hotel, pues como mi querido amigo y yo éramos solteros y vivíamos juntos, me pareció que seria mas cómodo dormir en otro sitio, y rezar por que al menos respetasen la cocina.
Unos meses después terminamos la universidad. Carlos voló de regreso a Madrid; y Sara y yo, nos convertimos primero en amigos, luego en amantes, y pasado un mes nos casamos en una pequeña capilla de la ciudad; sin la compañía de su familia ni la mía, pues la suya radicaba en Colombia y la mía sencillamente no existía, o mejor dicho; como si no hubiese existido nunca.
El bar en el que he pasado la noche tratando de ahogarme cierra sus puertas.  Yo  salgo tambaleante por el efecto del alcohol, y aun con ese repugnante sabor a vida en la boca.  Camino por las calles de los barrios bajos y observo.  En las aceras las prostitutas de pie, ofreciendo cuanto pueden ofrecer, ofreciendo el mejor negocio; puesto que en definitiva, la mejor transacción será siempre la que se lleva acabo entre un hombre solitario y una ramera.  Puedes comprar autos, tierras, joyas, drogas. Compras cosas que puedes ver, tocar, que sabes que son tuyas, pero que son simplemente cosas; cosas por las que pagas mucho, o pagas poco; cosas que están ahí, que alguien fabrico, que puedes  comprarle a cualquiera y que puedes revender al precio que mejor te parezca.  Pero una prostituta. ¡Dios! Una prostituta vende algo que solo ella puede dar. No un cuerpo, no un momento de placer hueco, no una piel que tocar, besar, absorber y abandonar.  Una prostituta vende un intervalo de tiempo que jamás ha de recuperar. Te vende los sueños perdidos, un poco de su alma y de su esencia, la sumisión en las maneras, la absolución a los ojos de alguien que lo ha visto todo; es decir, se vende a si misma, vende ese pequeño instante que ella, que solo ella, la experta, puede dar; y a un precio mucho mas bajo que el que se paga, en la mayoría de los casos, a quien lo regala.
Entro en el sucio burdel, pago la habitación y la mujer.  Seria mas dulce hacerlo como en siglos pasados se hacia; se pagaba por la mujer dejando el dinero sobre la mesa de noche; pero bueno, los tiempos han cambiado, y ya no se puede confiar.
Cuando Carlos se marcho a Madrid, me quede solo en la casa; que por cierto, había sido la herencia que mi padre, el único de mi familia que me consideraba algo más que un vago; me había dejado.  De modo que después de nuestra boda, Sara vendió su apartamento, y se mudo a vivir conmigo; antes de eso, solamente pasaba algunas noches en mi cama, o bien yo en la suya.
Durante todo el año siguiente, Sara dejo el trabajo que tenia como dependiente en un almacén de productos europeos y se dedico de lleno a la pintura; su única y verdadera pasión. No puedo negar que me hubiese gustado haber estado catalogado como una de sus pasiones, pero en realidad eso nunca ocurrió, así que me conforme con ser su amado, su amante, y su insano entretenimiento favorito; lo cual me colocaba en una posición bastante cómoda, pues no tenia que competir con la pintura, simplemente, condescender con ella mientras ella fuera tolerante conmigo.
Al segundo año, envié uno de sus cuadros a un amigo mío que se dedicaba a la venta de obras de arte; un mes después, Sara recibió una carta de una galería en Milán, que estaba interesada en exhibir y vender sus obras; para lo cual, era necesario viajar a donde la galería para estar presentes en la primera exhibición.  Yo pedí una licencia en el diario, para ausentarme por unos meses, la cual, me fue dada a regañadientes, pues siendo yo su columnista mas leído en ese momento, no les era fácil dejarme ir si aun podían exprimirme, sin embargo, al no haber tomado yo en todos mis años de trabajo en la publicación descanso alguno, no pudieron sino desearme suerte en mi viaje.
La exhibición en Milán fue todo un éxito y lo que parecía ser un viaje de placer, termino por convertirse en una exhaustiva gira por Europa. A la exhibición de Milán, le siguieron Roma, Venecia, Viena, Praga, Berlín, Francfort, Paris, Londres y Edimburgo. 
Durante ese tiempo, me dedique a fumar, beber, felicitar a mi esposa por su éxito, gastar el dinero que había ahorrado durante los anteriores años y escribir mi segundo libro.
Salgo del burdel, el olor a perfume barato recorre todo mi cuerpo, como odio esa fragancia; que desgracia que las mujerzuelas no sean lo bastante bien pagadas como para elegir perfumes mas caros.  Observo a la gente caminar; mas prostitutas, sodomitas, ladrones y anacoretas cubren el panorama del arrabal. Llego a un hotel que se encuentra de pie en una intersección entre dos calles.  Pido una habitación con orientación este, y pago por la hora que falta para el amanecer, y tres horas adicionales a dicho evento.  Me quedo tumbado sobre el sucio cubrecama, que aun huele al alcohol y al sexo de unas horas atrás; pero eso ya no importa; me quedo dormido.
Un sonido me despierta. Estoy confundido. No se donde estoy, ni por que. Lentamente comienzo a recordar la víspera.
--¡Tiempo!—dice una voz del otro lado de la puerta.
Es el administrador, por llamarle de algún modo, que me informa que ya he consumido las 4 horas que he pagado.
Me levanto temblando por el frío, y las copas de la noche anterior.  En mi cabeza hay un dolor punzante, como si un millar de avispas recorrieran su interior zumbando con furia, piqueteando mi cerebro, lastimando las cuencas de mis ojos.
Cruzo la puerta y sonrió al ver el seño fruncido del desaliñado administrador, que me reclama y cobra los 15 minutos adicionales.  Pago, no me quejo, no vale la pena; después de todo, he recibido ofensas peores, y tampoco he dicho nada entonces.
Los años que siguieron, Sara y yo los pasamos pintando y escribiendo, respectivamente.  Todos los días comíamos juntos en algún restaurante o café del centro.  Charlábamos sobre asuntos sin importancia, de vez en cuando pasábamos un fin de semana en algún lugar alejado de la ciudad, o si disponíamos del tiempo, viajábamos hacia un sitio que no conociéramos.  Y así se nos fue pasando la vida.  Trabajando, comiendo, haciendo el amor, durmiendo, viajando y haciendo el amor de nuevo.  Y un buen día, todo termino. Una mujer exitosa en el mundo del arte como ella, no podía seguir viviendo con un periodista fracasado como yo.  De nada valió el tiempo que llevábamos juntos, en nada importo que hubiera sido yo quien financio su arte cuando ella era nadie. De nada me sirvió el condescender con la pintura, al final, fui vencido por el éxito, que es menos bello que el arte, pero mucho más seductor.
Salgo del hotelucho en el que pase la noche.  Continuo mi recorrido por las calles sin pavimento, lleno mis zapatos con el lodo que ha dejado la lluvia mientras yo dormía.  Tomo un tranvía con rumbo al centro de la ciudad.  Sigo caminando. Al pasar frente al viejo restaurante donde años atrás conocí a Sara.  Veo su silueta sentada en la misma mesa donde la conocí.  Un hombre alto y moreno la acompaña. Charlan animosamente mientras se toman de la mano.
--Bien, es atractivo y joven, no debe pasar de los 22—digo para mí.
--Buenas tardes—les digo sentándome en la mesa de al lado.
--Buenas tardes—contestan los dos con una expresión de sorpresa en el rostro; mientras observan mi traje sucio y desaliñado.
El camarero se acerca a mi, saco la billetera y dándole algo de dinero, pido un plato cualquiera y una copa de ron.  El camarero se marcha.
--Se acaban de conocer ¿no es cierto?—le digo al muchacho, aprovechando que ella se ha levantado para ir al baño.
--Si, hace un momento—me contesta el joven, tratando de disimular una sonrisa casi infantil.
--¿Sabes? Precisamente en esa mesa conocí a mi mujer hace ya algunos años—comento, al tiempo que el camarero coloca mi plato sobre la mesa.
Ella ha regresado, me observa de reojo, como si no me conociera. Esta nerviosa, se le nota en la respiración.
--Y dime Sara—digo dirigiéndome a ella—¿este será tu nuevo amante? ¿Lo llevaras a tu cama esta misma noche, igual que con Carlos?
Sara me mira perpleja --¿perdón?—articula con tono titubeante.
--Vamos Sara—le digo—tú y yo sabemos lo que pasara. Lo llevaras a tu cama, te lo cojeras como la zorra que eres y cuando ya no tenga nada mas para ofrecerte, lo dejaras. Como lo hiciste conmigo.
Su rostro esta desencajado por la ira y la confusión. El muchacho se levanta colérico.  Yo saco el arma que llevo siempre debajo del saco. Un segundo, un estruendo, un adiós.  Hay sangre esparcida por todo el lugar.  La gente grita enloquecida por el terror.  El muchacho se abalanza sobre mí.  Caigo al suelo de espaldas.  Todo se pone obscuro.  No recuerdo nada, despierto en una habitación sin mobiliario.  Sara pasa frente a la reja de la celda.  No lo entiendo, no comprendo como es que este aquí.
Se detiene a hablar con un hombre de entre 50 y 60 años. La cara cubierta de bello, complexión delgada, mirada inteligente, y terrible gusto al vestir; mira que usar el saco blanco y el pantalón negro.
--¿Cómo ha estado estos meses?—pregunta la muy hipócrita.
--No muy bien, cada vez esta mas lejano—contesta el hombre, mientras le muestra algunas laminas plásticas.
--¿Y no hay nada que se pueda hacer?—pregunta ella de nuevo.
--A estas alturas nada, ya esta fuera de nuestro alcance.—contesta el.

El muchacho moreno con quien Sara se encontraba en el café se aproxima a mí. Se reclina sobre mí. Me observa y se marcha.  No entiendo.  ¿Por que nadie me dice nada?

Rafael Prado

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